Decidida a no quedarme en casa la única semana de vacaciones que me correspondía este verano, abandoné las concurridas playas de Benidorm y me fui a Madrid. Madrid, la ciudad que me envuelve, me fascina, me subyuga, me atrapa... y esta vez lo ha hecho como nunca antes.
Normalmente, cuando voy a la capital, voy siempre con prisas... hay que ir al teatro, a algún museo, visita obligada a las tiendas de la Gran Vía... En este viaje no. Este viaje ha sido diferente. No por casualidad he decidido titular mi entrada así: El viaje de los sentidos. En esta ocasión Madrid me ha ofrecido una estampa diferente a la que me tiene acostumbrada. Me ha ofrecido sentir a través de cada edificio, de cada calle, de cada árbol, de cada persona con la que me he cruzado... Y yo le estoy profundamente agradecida.
mmmm
A veces me da la sensación de que he vuelto a la infancia, de que sólo tengo 6 años y no puedo evitar mirarlo todo con grandes ojos de niña y una sonrisa bobalicona en los labios. ¿Cómo es posible que todo el mundo ande tan deprisa? ¿Por qué nadie se para a mirar a su alrededor? ¿Acaso no lo ven? ¿No lo escuchan? ¿No oyen cómo el corazón de la ciudad palpita?
El metro de noche, que siempre me ha parecido sucio y ruidoso, no lo es. Meciéndome al compás del traqueteo del vagón, observo y me deleito con los diferentes personajes que por un instante cruzarán su vida con la mía y que nunca más volveré a ver: el saxofonista, la señora gorda que lee una revista del corazón, el macarra que me mira con ganas de juerga, dos niñas chinas que juegan a ver quien aguanta más tiempo sin sonreír...
mmm
El museo del Prado, imponente ante mis ojos, espera que vuelva a recorrer sus interminables salas, y me quedo extasiada ante él, sin poder dejar de observarlo.
m
La Cibeles me mira desde su elevada posición y no puedo evitar dedicarle un guiño cómplice y risueño, íntimo también, un guiño que sólo parecemos entender ella y yo.
m
Me siento en una terracita en el Retiro y me divierto viendo cómo los domingueros reman por el estanque en sus barquitas alquiladas, mientras un mimo intenta llamar mi atención desde el otro lado de la mesa... me río a carcajadas.
m
Me tomo unas cañitas en buena compañía cerca de la Plaza de Santa Ana, oscurece ya, pero no importa... la tarde ha pasado tan deprisa...
m
Una cenita familiar en Gino's... todos cantamos cumpleaños feliz y el camarero nos trae globos, como si todavía fuésemos niños.
m
Me paro en la Glorieta de Atocha y me limito a quedarme allí, respirando profundamente... y por un instante todo lo demás desaparece... Sólo estamos Madrid y yo, sintiéndonos la una a la otra... Ignoro a las personas que tienen que esquivarme para poder seguir su camino, ignoro a los coches que hacen sonar el claxon con insistencia, ignoro hasta la ligera brisa que arremolina mi cabello... Todo se detiene...
m
Y por supuesto, el olor de la ciudad entrando por mi nariz y llenando cada poro de mi cuerpo.
Desarmándome...
