En medio de mi proceso de difuminado tirando a griss, decidí hacer algo especial y casi olvidado para mí... dedicar un día completo a un libro. El elegido fue La catedral del mar de Ildefonso Falcones. Llevaba un par de meses en mi estantería cogiendo polvo y esperando que me decidiese a hacerle caso. Así que el domingo me lancé en picado. Lentamente, para disfrutar del momento, me acerqué a él, lo cogí con delicadeza y me lo acerqué a la nariz para dejarme llevar por ese aroma inconfundible del papel recién impreso que tanto me gusta. Mmmmm... ¡Qué bien huelen los libros! Y que privilegio poder apreciarlo...
Desde el momento en que mis ojos se posaron sobre las primeras letras, la Barcelona de la Edad Media entró en mi casa llenando cada rincón y cada sombra. Cada poro de mi cuerpo se abrió a las palabras bellamente escritas ¡Qué historia! ¡Qué manera de relatar! Me sumergí en las páginas y me dejé llevar. Me dejé llevar durante horas... horas en las que me olvidé de comer, de beber y de otras cosas. Me olvidé de mí, me olvidé de quien era y de que ya no tenía color. Me olvidé de todo y disfruté.
En un momento de descanso de 10 segundos, levanté la mirada y los ojos de una extraña me miraron desde el espejo del baño (sí, me refugio en el baño a disfrutar de la lectura) Tuve que parpadear varias veces para percatarme de que esa extraña era yo. Tal fue el poder que la novela ejerció sobre mí.
No revelaré nada sobre el argumento, porque considero que cada uno de vosotros debería perderse en el libro y dejar que le posea como lo hizo conmigo. Un día entero poseída por una historia de nuestro pasado. Una historia de esas que ya no se cuentan, de esas que nos conmueven y hacen que se nos erice el vello de los brazos... uf... que me pierdo...
Para terminar... eran las 2 de la mañana cuando leía las últimas palabras, y llena de pena porque terminaba, pero también de satisfacción por haber llenado mi mundo griss, casi con reverencia, cerré el libro y lo dejé sobre la mesa...
No puedo decir más. Creo que está todo dicho.