
Dicen que soñar es gratis (aunque a veces puede salirte caro, sobre todo si algún sueño que otro se hace realidad)... Pero no he venido aquí a divagar cual sofista, así que procedo a explicar mi sueño. Sueño que no he soñado, claro que no. Es decir, no dormía. Es un sueño de esos que tienes despierta, en los que te regodeas y expandes hasta el infinito, y puedes visualizar el final que te salga de las narices, y todo es satisfactorio y bello porque las decisiones las tomas tú...
Yo, como soy pequeña, tengo un sueño pequeño, sin demasiadas filigranas, ni adornos, un sueño sencillo y facilón.
Sueño que poseo una librería. Una librería de esas que sólo se ven en las películas y de vez en cuando en el casco antiguo de alguna ciudad sin nombre. Una de esas librerías encantadoras, situadas en los bajos de algún edificio de más de 100 años, de esas cuyo nombre está escrito con bellos caracteres góticos sobre una tablilla de madera a la izquierda de la puerta, apenas visible para los laicos. Una librería repleta de desvencijados estantes que se comban por el peso de los libros (viejos y nuevos).
Sueño que paseo por los diminutos pasillos de mi librería rozando apenas con los dedos los lomos de los cientos de libros que allí se encuentran, con los ojos cerrados, aspirando el inconfundible aroma de la palabra escrita.
Sueño que en mi librería los libros están ordenados a mi antojo, sin seguir ningún esquema específico, ninguna pauta... por nombres de autores, aquí, por géneros allá...
Sueño que me siento detrás de mi pequeño mostrador de madera, un tanto destartalado y lleno de muescas antiguas (del antiguo propietario quizá), apoyo mis pies en el travesaño del taburete y con un libro cualquiera sobre mi regazo me sumerjo en el placer de leer... De vez en cuando entra algún cliente perdido (siempre llevan america de tweed con coderas de cuero, no sé bien el porqué) y me pregunta amablemente por una 1ª edición de Larra (siempre es de Larra, tampoco sé el porqué). Le atiendo con amabilidad y presteza, no dejándole ver que ha interrumpido mi lectura por lo que me siento un tanto molesta. Paga en efectivo, claro, en mi librería no hay artefactos modernos como los horribles datáfonos... le devuelvo el cambio que saco del primer cajón de debajo del mostrador (por supuesto no hay caja registradora). El cliente se marcha con el paquete debajo del brazo, delicadamente envuelto por mí en papel de estraza, y una tarjeta de visita en la mano donde sólo aparece el nombre de mi librería y una dirección (no hay teléfono que pueda perturbar la paz de mis libros) y yo puedo volver a sentarme comodamente en mi taburete con los pies en el travesaño y el libro en el regazo, deseando que ése sea el único cliente del día.
Sueño que poco a poco se va haciendo de noche fuera, y que las sombras empiezan a teñir los rincones de mi pequeño mundo de espectaculares colores grises, que ni siquiera las lámparas de cristal (imitación Tiffany) que tengo repartidas por la tienda consiguen disimular.
Sueño que cierro mi libro con un suspiro satisfecho y que recorro de nuevo los estantes comprobando que todo sigue en su lugar mientras sonrío placidamente y dejo que la magia del ambiente me envuelva por última vez ese día... hasta mañana....
Coloco el cartel de "CERRADO" en la puerta y apago las luces de mi pequeña librería.... Dejo vagar la mirada un instante por mi reino antes de darme la vuelta y marcharme a casa...
Calderón decía que la vida era sueño, y que los sueños, sueños son... (suspiro).
