viernes, 28 de noviembre de 2008

Comiéndote la boca...


Fue simple. Más de lo que pensaba. Tú estabas allí, al fondo del local. Entre el humo de múltiples cigarrilos y la tenue luz, ví que me mirabas, y te miré. Por un momento permanecimos así, simplemente una mirada mientras los dos llevábamos nuestros vasos a los labios... me saludaste. Tus ojos parecían desnudarme con la mirada. Te saludé. Me hiciste un gesto invitándome a acercarme, negué con la cabeza y te invité yo a tí. Te acercaste.
Llegaste donde yo estaba, te pegaste mucho a mí y acercando tu boca a mi cuello me preguntaste por mi nombre... te lo dije... me revelaste el tuyo... me reí. Con un aplomo que hacía tiempo no había visto en nadie de tu edad, me envolviste en una conversación de palabras sueltas que apenas llegaban a mí a través de la música ensordecedora. Volví a reirme...
-He venido aquí por tus ojos -dijiste -son increibles. Sonreí divertida por tu desparpajo y frecura.
-¿Qué te gusta de mí? -preguntaste con una sonrisa pícara.
-Tus ojos... tu barba... y si te giras te diré lo que más me gusta -dije, humedeciéndome los labios anticipando tu reacción. Te giraste y lo que vi me satisfizo. Así te lo dije y tu sonrisa se hizo más amplia.
-Me he presentado formalmente -dijiste -¿no me vas a dar dos besos?
Te los dí, consciente en todo momento de tus ojos negros como la noche que se detenían en mis labios...
Me alejé hacia la barra sintiendo tu mirada clavada en mi trasero, lo que me hizo contonearme más de lo habitual... ¿por qué no?, pensé risueña.
La siguiente media hora fue un tira y afloja de miradas ardientes a través del local. Cuando pasabas cerca de mí te detenías un momento a mi espalda y me soplabas en la nuca. Yo fingía no advertirlo. Siempre que miraba en tu dirección veía tus ojos hambrientos clavados en los míos... sentí un subidón de adrenalina...
Viniste a despedirte, con la chaqueta puesta y una sonrisa en los labios... cogiste mi móvil de mi bolsillo y marcaste tu número en él.
-Llámame cuando quieras, a ser posible esta noche -dijiste mientras te acercabas a mí peligrosamente... querías dos besos de despedida... me acerqué despacio dejando que tus labios revoltosos se posasen sobre las comisuras de los míos... tan cerca del centro mismo... y nos separamos, apenas un par de centímetros... y entonces, mientras me mirabas con algo parecido a la pasión... pegué mis labios a los tuyos... y nuestras lenguas se encontraron... un jadeo, tus dientes mordiéndome, tu lengua empujando la mía dentro de mi boca... y se acabó... un par de segundos nada más...
Te fuiste... y yo seguí bailando con una sonrisa en los labios algo magullados...
Poco después decidí marcharme yo también, y me dirigí a la puerta con paso firme... y de pronto, allí estabas de nuevo, habías vuelto. Casi nos chocamos en la entrada...
-Ahora que vuelves me voy yo -te dije, mientras te ponía la mano en el pecho sobre la cara de Jimmy Hendrix estampada en tu camiseta... mi mano fue bajando con lentitud hasta llegar a la cinturilla del pantalón...
-He vuelto por tí, porque no me llamabas -dijiste mientras tu mirada de fuego se prendía en mis ojos.
Tiré con fuerza y me aplasté contra tí, apenas si tuve tiempo de respirar antes de morder tus labios con fiereza mientras un gruñido de gata salvaje salía de mi garganta... correspondiste con otro parecido y me apretaste contra tí. Sentí como tu dureza crecía contra mi vientre... y una carcajada placentera interrumpió nuestro beso... por un segundo. Volviste a la carga succionándome, lamiendo cada pedacito de mis labios, mientras yo te hacía jadear de placer mordisqueándote con mis dientes juguetones pero fieros...
Me costó separarme de tí, apenas un centímetro para preguntar: -¿Cuántos años tienes?
-¿Acaso importa la edad? -repusiste muy seguro de tí mismo.
-No- dije yo, y era cierto, ¿qué importaba si te sacaba 10 años ó más? Hacía tiempo que nadie, absolutamente nadie me había comido la boca así...
Un último beso húmedo y me aparté respirando con dificultad. A tí también te costaba, noté.
Mientras abría la puerta decidida a marcharme, te oí decir: -Llámame cuando salgas de aquí, y donde tú vayas esta noche, yo iré contigo.
No miré atrás. Subí las escaleras a toda velocidad, el corazón me palpitaba con fuerza. Mi mano tocó mis labios hinchados por tus besos y una pequeña carcajada de felicidad absurda escapó de mi garganta.
No te llamé.

jueves, 20 de noviembre de 2008

De cómo conseguí un imperdible dorado...

Ultimamente no presto demasiada atención a mi ropa, lo cierto es, que apenas me preocupa lo que llevo puesto. Tengo la gran suerte de estar divina con cualquier cosa (sí, suena terriblemente engreído, pero es verdad). Así que, esta mañana, una mañana como cualquier otra, con una excepción, llovía a cántaros, me he vestido medianamente bien y he echado a correr camino del trabajo, mejor dicho del cafecito antes del trabajo.
Siempre desayuno en la misma cafetería mediocre, de esas de barra de madera llena de muescas, con el suelo lleno de colillas y servilletas de papel arrugadas, una cafetería (se merece bastante más el título de bar) donde todas las mañanas acuden los mismos parroquianos: el matrimonio extraño, el señor de la gorra, dos amas de casa con zapatillas (a lo mejor me cuelo y son abogadas en su hora del café), el señor mayor que siempre lee el periódico al revés (empieza por la última página), la parejita de yonkies de pupilas dilatadas, la anciana de piel morena y apergaminada... y yo.

El ritual
Almagriss: -Buenos días, lo de siempre...
Matrimonio extraño: -Buenas...
Señor de la gorra: -Buenos días guapa.
Anciana de piel morena y apergaminada: -Buenos días hija.
Los demás ignoran mi saludo.
Llega mi café (cortito, con leche templada y sacarina), servido por el camarero sin nombre, de pelo negro y bigote blanco. Lo remuevo pensativa (pienso demasiado).

-Niña, la señora Rosa te llama -oigo a mi lado la voz del marido del matrimonio extraño.
Me giro hacia donde él me indica y veo a la anciana de pergamino llamarme por señas. Me acerco con mi sonrisa de los domingos pintada en la cara.
-Dígame, señora Rosa (ahora sé su nombre)
-Se te ha descosido el bajo del abrigo, déjame que te lo arregle -susurra con su voz acartonada. En su mano derecha, una mano huesuda, casi transparente y surcada por venas de color lila, veo un imperdible de color dorado.
Antes de poder responder la frase de rigor, algo así como no se preocupe, no importa, ella ya se ha agachado y me ha hecho darme la vuelta mientras trastea con el borde de mi abrigo. Y me veo allí, de pie, en medio de mi cafetería habitual, con la señora Rosa agachada a mi espalda y los contertulios observando la escena (incluso la parejita de yonkies parece interesada), y de pronto, sin saber bien porqué, se me llenan los ojos de lágrimas. Lágrimas que con un parpadeo difumino de mis ojos...
La bondad de los extraños siempre me hace sentir así, nunca termino de acostumbrarme a ella. Me hace sentir especial...

-Ya está, guapa -oigo que dice la señora Rosa a mi espalda.
Me doy la vuelta y cojo su mano transparente entre las mías con delicadeza, le agradezco su gesto con los ojos (que es la parte más sincera de mí) y vuelvo a la barra a terminar mi café con rapidez. Hoy no me apetece quedarme más tiempo del necesario. Un minuto más para pagar y me despido con un breve Hasta luego, y una sonrisa resplandeciente y llena de gratitud para la señora Rosa, a la que ella corresponde con una parecida que hace que su cara se llene de mil arrugas más.

Han pasado más de 12 horas y aquí, en casa, me he quitado el abrigo y he buscado en el bajo... el imperdible es precioso. Precioso de verdad.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Amor a primera vista

En momentos tales como este, cuando te ha fallado la intuición, cuando te ha decepcionado la vida, o mejor dicho, cuando tus decisiones han sido tan erróneas que la que ha fallado a la vida eres tú, cuando has tropezado doscientas veces en la misma piedra, cuando nadie es quien dice ser y todos aparentan algo que no son... en momentos así, conviene tener bellos recuerdos.
Yo tengo uno muy especial. Quizá es uno de los recuerdos más especiales de mi puñetera vida (hoy estoy amargada, qué se le va a hacer).

Fue el día que me enamoré perdidamente. No hace mucho de eso, quizá un año y pico. Se llamaba Petit, y era la yegua más impresionante que os podáis imaginar.

Recuerdo que me sentí como una niña pequeña, pletórica de emoción. Jamás había montado a caballo, ni siquiera había estado cerca de uno... pero cuando me acerqué a Petit, bella, impresionante en tamaño, tan elegante, el pelaje brillando al sol, sus ojos castaños mirándome serios... sentí una especie de simbiosis con ella, que nunca más he vuelto a sentir con animal alguno.
Era la yegua más mansa de todo el establo, la que utilizaban para que montasen los niños, porque sus días de gloria, juventud y vitalidad habían pasado ya, pero para mí tenía el aspecto de un alazán poderoso... y mientras los demás miraban a sus caballos con cara de miedo y/ó aburrimiento, yo sólo podía pensar que era la mujer más afortunada del mundo, y le rodeaba el cuello con los brazos, y le daba besos encantada de mi suerte. Así, sin más, sin miedo a ser pisoteada por los enormes cascos.

La hora que pasé sobre su lomo, condenada a andar al paso detrás de una fila interminable de monturas, me supo a poco, demasiado poco. Me costó horrores despedirme de ella... como os he dicho, no podía alejarme de allí...
Nunca más volví a verla. Regresé a ese establo meses después, y pregunté por ella. La habían vendido. Nunca más sabré qué fue de Petit, pero tengo el recuerdo de un momento maravilloso y estas fotos.





Almagriss feliz

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Este es un pequeño anexo a la entrada de ayer.
He dejado de creer. Hoy, todo se ha hecho pedazos.

martes, 4 de noviembre de 2008

¿Suerte?

Lo cierto es, que no creo demasiado en esas cosas, pero cuando hoy, después de cenar nos han traído la típica bandejita con seis galletas de la suerte en forma de media luna y perfectamente empaquetadas en su plástico transparente... no he podido evitar pensar que a lo mejor había algo escrito para mí. Sólo para mí.
He sido la primera en alargar la mano y coger una galletita, la he desenvuelto a toda prisa sin dejar de pensar que el mensaje que encontraría dentro era mío y sólo mío. Y mientras oía cómo crujían las demás galletas en las manos de mis amigas, me he concentrado en mi papelito, el papelito que ha ido apareciendo poco a poco entre los pedazos de mi galleta.
Dice así: "Todos los problemas que tú tienes pasarán muy pronto"
Y mientras las demás se reían de sus augurios, alguno tan trillado y carente de significado como: "Encontrarás al amor de tu vida", yo he sonreído, y he pensado que mi papelito era el mejor de todos. ¿Acaso no me merecía una frase tan estupenda como esa después de la decepción de ayer? (tema para otro post).
Ahora llevo mi suerte en la cartera... Y he decidido creer.