
Fue simple. Más de lo que pensaba. Tú estabas allí, al fondo del local. Entre el humo de múltiples cigarrilos y la tenue luz, ví que me mirabas, y te miré. Por un momento permanecimos así, simplemente una mirada mientras los dos llevábamos nuestros vasos a los labios... me saludaste. Tus ojos parecían desnudarme con la mirada. Te saludé. Me hiciste un gesto invitándome a acercarme, negué con la cabeza y te invité yo a tí. Te acercaste.
Llegaste donde yo estaba, te pegaste mucho a mí y acercando tu boca a mi cuello me preguntaste por mi nombre... te lo dije... me revelaste el tuyo... me reí. Con un aplomo que hacía tiempo no había visto en nadie de tu edad, me envolviste en una conversación de palabras sueltas que apenas llegaban a mí a través de la música ensordecedora. Volví a reirme...
-He venido aquí por tus ojos -dijiste -son increibles. Sonreí divertida por tu desparpajo y frecura.
-¿Qué te gusta de mí? -preguntaste con una sonrisa pícara.
-Tus ojos... tu barba... y si te giras te diré lo que más me gusta -dije, humedeciéndome los labios anticipando tu reacción. Te giraste y lo que vi me satisfizo. Así te lo dije y tu sonrisa se hizo más amplia.
-Me he presentado formalmente -dijiste -¿no me vas a dar dos besos?
Te los dí, consciente en todo momento de tus ojos negros como la noche que se detenían en mis labios...
Me alejé hacia la barra sintiendo tu mirada clavada en mi trasero, lo que me hizo contonearme más de lo habitual... ¿por qué no?, pensé risueña.
La siguiente media hora fue un tira y afloja de miradas ardientes a través del local. Cuando pasabas cerca de mí te detenías un momento a mi espalda y me soplabas en la nuca. Yo fingía no advertirlo. Siempre que miraba en tu dirección veía tus ojos hambrientos clavados en los míos... sentí un subidón de adrenalina...
Viniste a despedirte, con la chaqueta puesta y una sonrisa en los labios... cogiste mi móvil de mi bolsillo y marcaste tu número en él.
-Llámame cuando quieras, a ser posible esta noche -dijiste mientras te acercabas a mí peligrosamente... querías dos besos de despedida... me acerqué despacio dejando que tus labios revoltosos se posasen sobre las comisuras de los míos... tan cerca del centro mismo... y nos separamos, apenas un par de centímetros... y entonces, mientras me mirabas con algo parecido a la pasión... pegué mis labios a los tuyos... y nuestras lenguas se encontraron... un jadeo, tus dientes mordiéndome, tu lengua empujando la mía dentro de mi boca... y se acabó... un par de segundos nada más...
Te fuiste... y yo seguí bailando con una sonrisa en los labios algo magullados...
Poco después decidí marcharme yo también, y me dirigí a la puerta con paso firme... y de pronto, allí estabas de nuevo, habías vuelto. Casi nos chocamos en la entrada...
-Ahora que vuelves me voy yo -te dije, mientras te ponía la mano en el pecho sobre la cara de Jimmy Hendrix estampada en tu camiseta... mi mano fue bajando con lentitud hasta llegar a la cinturilla del pantalón...
-He vuelto por tí, porque no me llamabas -dijiste mientras tu mirada de fuego se prendía en mis ojos.
Tiré con fuerza y me aplasté contra tí, apenas si tuve tiempo de respirar antes de morder tus labios con fiereza mientras un gruñido de gata salvaje salía de mi garganta... correspondiste con otro parecido y me apretaste contra tí. Sentí como tu dureza crecía contra mi vientre... y una carcajada placentera interrumpió nuestro beso... por un segundo. Volviste a la carga succionándome, lamiendo cada pedacito de mis labios, mientras yo te hacía jadear de placer mordisqueándote con mis dientes juguetones pero fieros...
Me costó separarme de tí, apenas un centímetro para preguntar: -¿Cuántos años tienes?
-¿Acaso importa la edad? -repusiste muy seguro de tí mismo.
-No- dije yo, y era cierto, ¿qué importaba si te sacaba 10 años ó más? Hacía tiempo que nadie, absolutamente nadie me había comido la boca así...
Un último beso húmedo y me aparté respirando con dificultad. A tí también te costaba, noté.
Mientras abría la puerta decidida a marcharme, te oí decir: -Llámame cuando salgas de aquí, y donde tú vayas esta noche, yo iré contigo.
No miré atrás. Subí las escaleras a toda velocidad, el corazón me palpitaba con fuerza. Mi mano tocó mis labios hinchados por tus besos y una pequeña carcajada de felicidad absurda escapó de mi garganta.
No te llamé.
Llegaste donde yo estaba, te pegaste mucho a mí y acercando tu boca a mi cuello me preguntaste por mi nombre... te lo dije... me revelaste el tuyo... me reí. Con un aplomo que hacía tiempo no había visto en nadie de tu edad, me envolviste en una conversación de palabras sueltas que apenas llegaban a mí a través de la música ensordecedora. Volví a reirme...
-He venido aquí por tus ojos -dijiste -son increibles. Sonreí divertida por tu desparpajo y frecura.
-¿Qué te gusta de mí? -preguntaste con una sonrisa pícara.
-Tus ojos... tu barba... y si te giras te diré lo que más me gusta -dije, humedeciéndome los labios anticipando tu reacción. Te giraste y lo que vi me satisfizo. Así te lo dije y tu sonrisa se hizo más amplia.
-Me he presentado formalmente -dijiste -¿no me vas a dar dos besos?
Te los dí, consciente en todo momento de tus ojos negros como la noche que se detenían en mis labios...
Me alejé hacia la barra sintiendo tu mirada clavada en mi trasero, lo que me hizo contonearme más de lo habitual... ¿por qué no?, pensé risueña.
La siguiente media hora fue un tira y afloja de miradas ardientes a través del local. Cuando pasabas cerca de mí te detenías un momento a mi espalda y me soplabas en la nuca. Yo fingía no advertirlo. Siempre que miraba en tu dirección veía tus ojos hambrientos clavados en los míos... sentí un subidón de adrenalina...
Viniste a despedirte, con la chaqueta puesta y una sonrisa en los labios... cogiste mi móvil de mi bolsillo y marcaste tu número en él.
-Llámame cuando quieras, a ser posible esta noche -dijiste mientras te acercabas a mí peligrosamente... querías dos besos de despedida... me acerqué despacio dejando que tus labios revoltosos se posasen sobre las comisuras de los míos... tan cerca del centro mismo... y nos separamos, apenas un par de centímetros... y entonces, mientras me mirabas con algo parecido a la pasión... pegué mis labios a los tuyos... y nuestras lenguas se encontraron... un jadeo, tus dientes mordiéndome, tu lengua empujando la mía dentro de mi boca... y se acabó... un par de segundos nada más...
Te fuiste... y yo seguí bailando con una sonrisa en los labios algo magullados...
Poco después decidí marcharme yo también, y me dirigí a la puerta con paso firme... y de pronto, allí estabas de nuevo, habías vuelto. Casi nos chocamos en la entrada...
-Ahora que vuelves me voy yo -te dije, mientras te ponía la mano en el pecho sobre la cara de Jimmy Hendrix estampada en tu camiseta... mi mano fue bajando con lentitud hasta llegar a la cinturilla del pantalón...
-He vuelto por tí, porque no me llamabas -dijiste mientras tu mirada de fuego se prendía en mis ojos.
Tiré con fuerza y me aplasté contra tí, apenas si tuve tiempo de respirar antes de morder tus labios con fiereza mientras un gruñido de gata salvaje salía de mi garganta... correspondiste con otro parecido y me apretaste contra tí. Sentí como tu dureza crecía contra mi vientre... y una carcajada placentera interrumpió nuestro beso... por un segundo. Volviste a la carga succionándome, lamiendo cada pedacito de mis labios, mientras yo te hacía jadear de placer mordisqueándote con mis dientes juguetones pero fieros...
Me costó separarme de tí, apenas un centímetro para preguntar: -¿Cuántos años tienes?
-¿Acaso importa la edad? -repusiste muy seguro de tí mismo.
-No- dije yo, y era cierto, ¿qué importaba si te sacaba 10 años ó más? Hacía tiempo que nadie, absolutamente nadie me había comido la boca así...
Un último beso húmedo y me aparté respirando con dificultad. A tí también te costaba, noté.
Mientras abría la puerta decidida a marcharme, te oí decir: -Llámame cuando salgas de aquí, y donde tú vayas esta noche, yo iré contigo.
No miré atrás. Subí las escaleras a toda velocidad, el corazón me palpitaba con fuerza. Mi mano tocó mis labios hinchados por tus besos y una pequeña carcajada de felicidad absurda escapó de mi garganta.
No te llamé.





